Lunes 19 de enero de 2015 Entrevista a Julio González Piró

Sinónimo de jet set posadeño y de viajero incansable

Es uno de los personajes más entrañables de Posadas. Miembro de una de las familiares más tradicionales de la ciudad, ha recorrido el mundo como pocos: 43 capitales y más de 65 ciudades son las que visitó a lo largo de su vida.

 
Julio Piró

Posadas tiene personajes entrañables; esos a los que todos conocen y admiran. Uno de ellos es, sin dudas, Julio González Piró. Amante del arte, viajero incansable, amigo protector e integrante de una de las familias más tradicionales de la capital misionera.  En esta ocasión, Julito nos abrió las puertas de su casa, ubicada a pasos de un emblema posadeño, el Mercado modelo La Placita, y pegado a uno de los barrios más históricos, Villa Blosset, para hablar de su vida y mostrarnos su colección de pinturas, esculturas y otros objetos hechos con la inigualable creatividad de seres humanos de distintos puntos del globo terráqueo. La residencia bien podría ser un museo. Llenaría los ojos del que lo visitase.

 “Me gusta el arte y todo lo que tiene que ver con él”, dice el anfitrión, que no duda en afirmar que Venecia “es la ciudad más linda del mundo”. Y si lo dice él, palabra santa. El hombre conoce 43 capitales del mundo y más de 65 ciudades de países ubicados en distintos continentes. Desde el primer viaje que hizo en la década de los 80 a Nueva York, no paró de armar valijas y salir de gira. “En los tiempos de más intensidad, llegué a viajar hasta cuatro veces por año. Cuando menos lo hice, subí un avión dos veces”,  detalla.

Cuando tiene que explicar de dónde heredó el amor por los viajes, viene a su memoria Honorinda Piró, su madre, una presencia fuerte en su vida. “Cuando yo empecé a trabajar lo único que hacía con mi dinero era comprar ropa. Llegué a tener tanta que un día mi madre me dice que no podía invertir sólo en eso. Me sugirió que viajara. Le hice caso y nunca dejé de hacerlo. Ella también amaba viajar, habrá recorrido toda la Argentina por lo menos tres veces”, reconoce.

Julio siempre estudia a fondo los lugares que va a visitar. Y de todos lados ha traído recuerdos. Recorrer su casa invita a un viaje, donde uno puede disfrutar de un papiro traído de Egipto; de una máscara de ébano tallada en Sudáfrica; de una mamushka de procedencia rusa, de artesanía del sur argentino, de pinturas de Brasil, Europa del Este y Portugal; o de un Buda tallado en madera comprado en Singapur, adonde el viajero llegó luego de pasear durante 15 días por el mar de China.

El recorrido también permite apreciar, por ejemplo, cuadros de Mandové Pedrozo (con sus trazos conocidos y con los no tanto), de Buki Rosas, de Patricia Rodríguez, de Rubí Gularte, de Marta Bordenave (una exquisita Última Cena hecha con sombras), de Bernardo Neumann, de Gloria Duarte Ortellado y de Zygmunt Kowalski; y un mural que recrea la leyenda del Salto Encantado hecho, ni más ni menos, por Gerónimo Rodríguez. “Recuerdo que vi en el shopping un trabajo de tallado y le pregunté a mi amigo Alberto Selva quién lo había hecho. Así llegué hasta Gerónimo Rodríguez, quien vino una noche a trabajar y me dijo que al día siguiente, el mural estaría listo. Trabajó toda esa noche y a las 8 del día siguiente, el trabajo estaba terminado, magnífico”, recuerda con una sonrisa.

También sobresale en ese santuario artístico una “colección de elefantes. Siempre me gustaron, desde que mi mamá me regaló la primera figura. Una vez quise ver cómo eran los reales y fui de Dubai a Kenia, seis horas de vuelo, a una guardería de elefantes. Único, son tan inteligentes como los perros”.
Si hay algo que a Julito apasiona igual que los viajes es cultivar la amistad. A lo largo de su vida ha cosechado cientos de amigos, de los que siempre está pendiente. “Si ellos están bien, es la satisfacción más grande que tengo”, dice y repite que siempre está en contacto con ellos. A algunos los conoce desde la infancia, cuando asistía a los bailes donde tanto chicas y chicos se “producían por igual” y había que cruzar todo el salón, con una pomposa ceremonia, para sacar a bailar a una muchacha. De ese tiempo evoca su afición por el baile. “Puedo bailar lo que se te ocurra y bien, no es falsa modestia”, aclara.

El otro pilar de Julio ha sido la familia. Menor de tres hermanos (Cacho y Guillermo son los otros dos), vivió muchos años en la casa familiar de la avenida Roque Pérez. “Hasta que se murió mi madre en la década del 90 y me fui al departamento que había comprado con ayuda de la empresa en la que trabajaba, El Territorio. No podía quedarme en la casa”, cuenta. Recién en 2003 se mudó a la planta baja donde actualmente reside.  Mamá Honorinda lo marcó a fuego con sus enseñanzas; de papá Guillermo (militar) heredó el parecido físico y la prudencia. “Tengo dos velas rojas en mi casa, todos los días los enciendo, es en memoria de ellos y cuando hago eso, los siento presentes”, confiesa.

Así como mencionar a Julio Piró es como decir el jet set posadeño; también tiene otra acepción: empleado histórico de El Territorio. El diario más antiguo de la provincia lo tiene como trabajador el sector publicidad desde hace más de 40 años.  En teoría, está jubilado, pero las almas inquietas no se jubilan. Julito sigue ligado al decano de la prensa misionera, hace radio, viaja y comparte con sus amigos. Se siente realizado. Y vaya si no. Ha vivido una vida que muchos sueñan y tiene pilas para rato. En 2014 estuvo en Cuba y República Dominicana. Ahora ya está pensando en el nuevo destino, ¿cuál será?